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“Es un eslabón.  ¡Claro! Eso es Myanmar: el eslabón cultural entre la India y el resto del Sudeste Asiático.” Eso pensaba mientras bebía un chai junto al puerto, frente a la pagoda de Botataung en el centro de Yangon. Mientras, el atardecer encendía la ciudad, pintándolo todo de purpura y neón. Los hombres caminaban de vuelta a casa con maletines colgados al hombro, camisa pulcra y con sus impecables longyis, las faldas birmanas. Las mujeres encendían los farolillos de sus puestos de comida nocturnos, y sus caras impregnadas de polvo de sándalo y thanaka eran como mapas de laberintos vegetales.

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Pero no fue en Yangon donde encontré el libro. Fue en Bagán, el centro espiritual y antigua capital del país; una llanura infinita moteada de miles de templos que aparecen como termiteros entre la bruma. Durante días recorrí la planicie con mi bicicleta alquilada. Salía al alba para aprovechar el frescor y la luz, adentrándome en templos casi siempre desiertos. Escudriñaba las historias de la vida de Buda que surgían de las paredes, en fabulosos relieves pulidos y abrillantados por los dedos de los peregrinos. Y allí fue, en una galería; Winston, el niño que vendía libros, determinó el curso de mi aventura en busca del palacio perdido de Sakandar.

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Wiston vendía copias piratas de novelas en inglés sobre Birmania: Los días de Birmania de Orwell, El puente sobre el rio Kwai o Las Cartas de Burma, de Aung Saan Su Kyi, la Nobel de la Paz. Entre esa montaña de libros Winston me recomendó uno en particular, Twilight over Burma, que había leído y le había gustado mucho.

Es la historia de Inge Sargent, una mujer austriaca que se enamoró del que sería el rey del estado de Shan, mientras ambos estudiaban ingeniería de minas en Estados Unidos. Sao Kya Seng, en ese momento príncipe de Hsipaw, ocultó su condición de príncipe  e invitó a Inge a su país.

Cuando llegaron tras 3 meses de ruta en barco, les estaba esperando una comitiva de más de mil personas en el puerto de Yangón.

El libro en cuestión.

El libro en que comenzó la busqueda

Inge se fascinó por el país y quiso quedarse una temporada que se alargaría 12 años, Se casó con Sao, convirtiéndose en princesa del estado de Shan. Aprendió la lengua y costumbres Shan, y durante su corto reinado se convirtió en una figura muy querida del estado, en ese momento bajo la colonia británica pero con un estatus de autonomía que era la envidia de los Burma, la etnia mayoritaria del país.

La historia de su vida en Hsipaw hizo que preparara la mochila y me subiera a un viejo autobus con asientos desconchados y ventanas atrancadas; un viaje de 17 horas, a través de Mandalay y las montañas de Shan, hasta el escenario de la historia; el pintoresco pueblo de Hsipaw.

 

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área de servicio, de camino a Hsipaw, con la imagen del primer ministro Ne win, que promovió el golpe de estado de 1962

EN BUSCA DEL PALACIO DE SAKANDAR

Tras un accidentado viaje en bus con cólico nefrítico incluido, llegué echo una piltrafa a Hsipaw. De no haber sido por mi ángel de la guarda en forma de capsulas de Buscapina hubiera tenido que ir al hospital. Aunque llegué entero, el dolor durante el viaje me había dejado exhausto y con flojera, así que caí rendido en la pensión de Mr Charles, la guesthouse y centro operativo de trekkings en la zona.

Mientras convalecía en la pensión acabé el libro de la princesa de Shan; una historia que comienza con la magia del lejano oriente y acaba en tragedia, ya que en 1962 la junta militar da un golpe de estado y hace desaparecer a todas las dinastías reales, secuestrando y ejecutando a toda oposición. Una historia sobre la fragilidad de la felicidad, y cómo el odio y el rencor arrasaron como un fuego, cambiando el país de la noche a la mañana. Sao Kya Seng,el príncipe de Hsipaw, no era un sátrapa sino un príncipe querido y preocupado por su pueblo, obsesionado con sacar a su gente de la pobreza a través de transformaciones agrarias.

En Hsipaw visité la casa donde vivieron, aun conservada intacta por un familiar, con todas las fotografías del matrimonio como si se hubieran marchado ayer. Una de las fotos, presentes también en el libro, era la del palacio de verano de Sakandar, un palacete neoclásico en el bosque que construyo el tío del príncipe en los años 30, trayendo el mármol desde algún lugar del mediterráneo.  Pregunte a la mujer acerca del palacio, y me dijo apenada que ya solo quedaban ruinas, pues en 1990 un fuego lo arrasó.

Miraba perplejo el inmenso tamaño del palacete, que había cobijado a los príncipes en los meses de Abril y Mayo, donde las temperaturas en Myanmar son insoportables

.El palacio se encontraba a lo alto de un promontorio en una zona más fresca, pregunté si podía indicarme el camino y me dijo que no había nada, pero que estaba cerca de Kyaukme, a una hora al oeste de Hsipaw.

Salí de la casa rumiando un plan, quería encontrar los restos de ese magnífico palacio, a sabiendas que no quedaría nada o como mucho algo de mármol esparcido por el solar. Antes de saber que quería encontrar las ruinas de Sakandar tenía apalabrado en la pensión de Mr Charles un trekking de un par de días por las montañas y aldeas Palaung de la zona, pues había leído que era un lugar fantástico para hacer travesía entre bosques, aldeas tribales y cultivos de té.

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A la vuelta de un trek precioso,que siempre recomendaré por encima de las zonas más trilladas de trek en el lago Inle, me puse manos a la obra para encontrar el palacio de Sakandar. No había información en ninguna guía, ni en internet, así que fui preguntando a la gente que me encontraba en los cafetines de chai, pero nadie parecía saber de la existencia del lugar.

Cuando estaba a punto de dar por perdida la empresa me encontré con un anciano que chapurreaba algo de inglés, “¿Por qué quieres ir a Sakandar? Ya no queda casi nada allí, además la policía no quiere a turistas metiendo el dedo en viejas heridas. Te gustará saber que mi madre trabajó en el palacio en el verano de 1933.”

Me quedé estupefacto, y seguidamente le pregunté si podría darme las indicaciones exactas del lugar. “Si” me dijo, “pero por favor no sigas preguntando por ahí que solo traerá problemas”. Saque un lápiz y papel y comenzó a trazar un mapa al palacio del bosque, había que salir de la carretera y adentrarse campo a través de caminos hasta llegar a dos colinas, donde estarían las ruinas de Sakandar.

 

Mapa del camino a Sakandar, dibujado en parte por el anciano.

Mapa del camino a Sakandar, dibujado en parte por el anciano.

Conseguí alquilar una moto de enduro con conductor en un taller cercano. Htay, el mecánico-chófer no conocía el palacio y me dijo que él podría llevarme siguiendo el mapa, pero que no íbamos a encontrar más que aldeas y campos.

Nos pusimos en marcha y tras una hora en carretera nos desviamos a través de un sendero que limitaba inmensos campos de trigo. Subimos siguiendo el mapa y comenzamos a sentir una brisa fresca agitando una arboleda. Ambos teníamos la sensación de que nos acercábamos a algún lugar.

Tras llegar a lo alto de la colina encontramos un pequeño monasterio flanqueado por arboles de araucaria. Entramos y había un monje dando una charla a tres campesinos, nos hizo señal de esperar. Tras la homilía le preguntamos si conocía donde estaban las ruinas de Sakandar. Para nuestra alegría nos dijo que no estaban lejos, a un kilómetro por un desvío del camino que nos había traído hasta él.

El sol de la tarde comenzaba a bajar, así que rápidamente nos pusimos en marcha. Tras un estrechísimo sendero cubierto de vegetación, donde la moto masticaba rocas con dificultad, Sakandar apareció ante nosotros como un espejismo en el desierto.

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Nuestra alegría era inmensa, ¡el palacio de Sakandar estaba en mejor estado de lo que imaginé! con sus escalinatas de entrada y la fachada impoluta, todo en un mármol resistente a monzones e incendios.

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Mi chofer saco el móvil y comenzó a hacerse selfies en el palacio, mientras en silencio entramos esquivando el corroído parqué por el que brotaba toda la vegetación silvestre del lugar. Ya no tenía tejado pero en su interior encontramos imitaciones de columnas corintias y chimeneas bellamente labradas con motivos vegetales. El exterior del palacete conservaba una preciosa balaustrada de mármol que hacía de mirador. El bosque tropical seco estaba devorando el palacio lentamente, pero aún conservaba su porte y grandeza pasada.

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Me senté en las escalinatas y leí el capítulo 6, rememorando entre las ruinas aquel Abril de 1961 en el palacio de verano de Sakandar, donde el príncipe Sao Kya Seng y la austriaca Inge Sargent  pasaron sus últimos días, felices y ajenos a una junta militar que cambiaría el futuro del país hasta nuestros días.

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